La traca

Limpieza pública, represión privadaLa SAG contrata seguridad privada durante la huelga: progresismo deluxe con toque de portero de discoteca

El gobierno más progresista del orbe conocido —ese que se acuesta obrerista y se levanta con expediente de contratación— ha descubierto una nueva vía para resolver huelgas: poner vigilancia privada delante de los trabajadores.

Ya no estamos en el “dicen que”. Hay seguridad privada contratada durante la huelga de la SAG. Una empresa municipal, sostenida con dinero de todos, gestionando un conflicto laboral con maneras de portero de discoteca y aroma a Desokupa de saldo. Solo falta el pinganillo con himno corporativo y un cartel que diga: “Prohibido ejercer derechos sin autorización del gerente”.

La SAG, esa criatura donde los nombramientos siempre descienden del cielo por inspiración administrativa y jamás por digestiones políticas de despacho, tiene un problema que ya no cabe debajo de la alfombra. Convenio enquistado, plantilla quemada, servicios mínimos denunciados como abusivos y ahora vigilancia privada para mirar al trabajador como si fuera un delincuente con escoba.

Darío, mientras tanto, podrá practicar su deporte favorito: hacerse un Instagramer con gesto institucional. Pero la SAG no flota en el éter. Tiene dirección, tiene padrinos y tiene responsables. Y cuando una huelga acaba rodeada de seguridad privada, alguien ha decidido que el obrero, cuando molesta, deja de ser “clase trabajadora” y pasa a ser “riesgo operativo”.

Y luego está lo de UGT, que no tiene nombre. Bueno, sí lo tiene, pero es feísimo y no queremos manchar la vajilla. Que el Ayuntamiento pacte por detrás con quienes deberían defender a la plantilla para desinflar una huelga es una de esas estampas que explican por qué algunos sindicatos ya no parecen sindicatos, sino felpudos con membrete.

La huelga es un derecho. No una amenaza. No una ocupación. No un motín de limpiadores sediciosos. Pero el progresismo municipal ha inventado una categoría nueva: el trabajador vigilable.

Al final, lo de no dejar a la gente atrás era esto: discursos de justicia social, fotos con falsa sonrisa y, cuando la plantilla aprieta, seguridad privada en la puerta y sindicalismo domesticado en la trastienda.

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Juan Manuel de Pravda

Juan Manuel de Pravda. Observador mordaz. En La traca señala lo que se dice, lo que se hace y, sobre todo, la distancia entre ambas cosas. No inventa escándalos: los documentos, las promesas y los silencios suelen bastarse solos. Vigila. Recuerda. Y no miente.