Opinión

NUEVO CURSO, ¿VIEJOS PROBLEMAS?El curso 2026-2027 arranca entre reivindicaciones docentes, resultados académicos preocupantes, revisión de metodologías, límites a las pantallas y unas aulas cada vez más diversas

La comarca ha dado la bienvenida al curso escolar 2026-2027 con las aulas de nuevo llenas, las mochilas preparadas y la ilusión propia de cada septiembre. Sin embargo, detrás de esa imagen habitual del regreso a clase se acumulan cuestiones que invitan a una reflexión más profunda sobre el presente y el futuro de nuestro sistema educativo.

El nuevo curso comienza, además, con la resaca de un año especialmente convulso. Durante buena parte del curso anterior, la comunidad educativa valenciana se movilizó en defensa de la escuela pública y reclamó, entre otras cuestiones, la recuperación de plantillas, una reducción de las ratios, más recursos para atender a la diversidad, mejoras en las condiciones laborales del profesorado y una mayor inversión en infraestructuras.

Las protestas desembocaron en diferentes jornadas de huelga. La primera tuvo lugar el 11 de diciembre y, meses después, el 31 de marzo, el profesorado volvió a secundar una nueva convocatoria. La falta de un acuerdo que respondiera al conjunto de las reivindicaciones elevó progresivamente la tensión hasta desembocar, el 11 de mayo, en el inicio de una huelga indefinida.

Durante 32 días, el conflicto mantuvo el pulso entre los representantes de los trabajadores y el Gobierno valenciano presidido por Juanfran Pérez Llorca. Las movilizaciones permitieron alcanzar algunos compromisos parciales, especialmente en cuestiones relacionadas con la burocracia y las retribuciones, aunque el curso terminó sin un acuerdo global que resolviera buena parte de las demandas planteadas.

Con ese precedente todavía reciente, septiembre ha traído consigo otro elemento de discusión: los resultados de PISA y, con ellos, el debate sobre el rendimiento académico del alumnado español y valenciano.

Más allá de convertir unas pruebas internacionales en una clasificación simplificada de sistemas educativos, sus resultados deberían servir para preguntarnos qué está funcionando y qué necesita ser revisado. Y ahí aparece inevitablemente una cuestión que lleva años presente en las escuelas: ¿están ofreciendo los actuales modelos de enseñanza los resultados que esperábamos de ellos?

Metodologías bajo la lupa

En la era de las metodologías activas y de la enseñanza por competencias, unos resultados académicos preocupantes deberían invitarnos también a revisar algunas de las decisiones pedagógicas adoptadas durante los últimos años. Tal vez hemos abrazado algunas maneras de enseñar que tienen envoltorios muy bonitos, pero que, en la práctica, alguna de ellas no tiene el impacto necesario en el proceso de aprendizaje de nuestro alumnado.

Esto no significa cuestionar en bloque la innovación educativa ni regresar sin más a modelos del pasado. Significa asumir que cualquier metodología, por atractiva o novedosa que resulte, debe demostrar su utilidad en el aula. Innovar no debería consistir simplemente en hacer las cosas de manera diferente, sino en conseguir que el alumnado aprenda más y mejor.

Quizá uno de los errores del debate educativo haya sido plantear durante demasiado tiempo una falsa elección entre lo nuevo y lo tradicional. No todo lo nuevo tiene por qué ser bueno ni todo lo viejo tiene que ser malo por el mero hecho de serlo. Hay prácticas tradicionales que siguen demostrando su eficacia y propuestas innovadoras que aportan enormes posibilidades, pero también puede ocurrir justamente lo contrario.

Por eso, más allá de etiquetas pedagógicas, la pregunta debería ser mucho más sencilla: ¿qué ayuda realmente a aprender?

Del entusiasmo digital a los límites de las pantallas

Algo parecido ha ocurrido con la digitalización. Durante años, administraciones, familias, profesorado y alumnado reclamaron una escuela capaz de adaptarse a la sociedad tecnológica. Ordenadores, tabletas, pizarras y pantallas digitales fueron entrando progresivamente en las aulas hasta convertirse en símbolos de modernización.

En cierto modo, las grandes compañías tecnológicas encontraron en la educación un terreno extraordinariamente fértil. La inversión pública permitió dotar a los centros de dispositivos que, durante mucho tiempo, parecían imprescindibles para no quedarse atrás. Incluso llegó a instalarse socialmente la idea de que una escuela con menos tecnología podía ser una escuela menos avanzada.

Ahora el péndulo comienza a moverse en sentido contrario.

Las advertencias sobre los efectos de una exposición excesiva a las pantallas han llevado a replantear su presencia en las aulas. La propia normativa educativa valenciana ha comenzado a introducir limitaciones al tiempo de utilización de dispositivos electrónicos y a evitar que se conviertan en la única herramienta sobre la que se construya el aprendizaje.

No se trata necesariamente de expulsar la tecnología de las escuelas, sino de encontrar su lugar. Un ordenador puede ser una magnífica herramienta educativa, pero difícilmente debería sustituir por sí solo al libro, la escritura manual, la lectura reposada, la experimentación, la conversación o la interacción entre alumnado y profesorado.

Aulas cada vez más diversas

Existe, además, otra realidad que los datos académicos no siempre permiten observar con suficiente profundidad: la enorme transformación social que están experimentando nuestras aulas.

En los últimos años, numerosos municipios han recibido población procedente de otros países y territorios. Muchos alumnos y alumnas llegan a los centros desconociendo una o ambas lenguas cooficiales y, en ocasiones, con niveles de escolarización previa muy diferentes.

Su incorporación supone un reto educativo de primer orden y exige recursos suficientes para garantizar una verdadera inclusión. El problema aparece cuando esos recursos no crecen al mismo ritmo que las necesidades.

Los centros deben entonces establecer prioridades. Buena parte de los apoyos disponibles se destinan, lógicamente, a las situaciones que requieren una intervención más urgente. Pero esto puede provocar que otro alumnado con necesidades educativas también importantes disponga de menos atención de la deseable.

Es aquí donde aparece una de las imágenes que mejor describe el trabajo cotidiano de muchos docentes: hacer malabares.

El profesorado trabaja con aulas cada vez más «multis»: multiculturales, multinivel y también multiemocionales. En una misma clase conviven diferentes ritmos de aprendizaje, situaciones familiares, lenguas, necesidades educativas y realidades personales. Gestionar toda esa diversidad constituye una de las grandes riquezas de la escuela actual, pero también uno de sus mayores desafíos cuando los recursos resultan insuficientes.

A ello se suma una sensación que se extiende entre parte del profesorado: la de afrontar cada vez mayores responsabilidades mientras percibe un menor reconocimiento social. Enseñar, atender a la diversidad, acompañar emocionalmente, gestionar conflictos, responder a una burocracia creciente y adaptarse constantemente a nuevas exigencias convierte el día a día de las aulas en un ejercicio de equilibrio permanente.

Un nuevo curso con viejos y nuevos debates

Con todos estos ingredientes se ha dado el pistoletazo de salida al curso 2026-2027. Las reivindicaciones laborales siguen presentes; los resultados académicos obligan a reflexionar; las metodologías educativas vuelven a estar bajo la lupa; la relación entre escuela y tecnología comienza a redefinirse y la creciente diversidad de las aulas exige respuestas cada vez más complejas.

El peligro será, una vez más, convertir todos estos asuntos en munición para el enfrentamiento político. La educación necesita debate, por supuesto, pero también análisis, evidencias, recursos y una mirada que vaya más allá de los intereses partidistas y de los cambios de rumbo que acompañan a cada legislatura.

Mientras todo ello se discute, las escuelas ya han abierto sus puertas. Dentro de ellas, miles de docentes vuelven cada mañana a enfrentarse a una realidad mucho menos simple que cualquier estadística. Y miles de niños y jóvenes comienzan un nuevo curso con retos, dificultades, expectativas y sueños.

Quedan muchas jornadas lectivas por delante. Quizá, entre tantas cifras, metodologías, decretos, dispositivos y debates, convendría no perder de vista la pregunta verdaderamente importante:

¿Estamos ofreciendo a nuestro alumnado la educación de calidad que necesita?

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Néstor Arrés

En El Puerto me crie y de la Replaceta soy. 42 años me contemplan y 20 de ellos defendiendo la escuela pública desde dentro de las aulas. Amante del fútbol de barro y con ganas de escribir de vez en cuando. Autodidacta de la Historia contemporánea, trillando muchos de sus vestigios (en ocasiones, los más olvidados). Veo algo de cine español y gasto suela por la Sierra de Espadán en otoño y en primavera.