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El proselitismo agresivo evangélico llega a Puerto de SaguntoEl abordaje religioso directo en la calle abre un debate sobre convivencia, integración y transformación cultural
Vecinos del Puerto de Sagunto vienen reportando la presencia cada vez más insistente de grupos que, con carteles de gran formato y consignas religiosas, ocupan aceras y zonas peatonales para interpelar al transeúnte. No es predicación discreta: es abordaje directo, presión sobre quien no ha pedido nada y una ocupación del espacio público que convierte la calle en un púlpito ajeno.
Conviene decirlo claro: en España hay libertad religiosa y de expresión, y nadie discute el derecho a profesar y difundir creencias. Lo que se cuestiona no es la fe, sino el método y el lugar. La vía pública es un bien común para circular y encontrarse, no para ser interceptado. Una cosa es predicar y otra muy distinta es hacer del vecino un objetivo.
Y esto es más grave de lo que parece. Porque degrada la calidad del espacio compartido, normaliza formas de ocupación agresiva que no son neutras y genera conflictos evitables.
Ese tipo de proselitismo callejero, con carteles amenazantes y abordaje directo, no forma parte de nuestra tradición cívica. Es un formato importado que llega, en buena medida, de la mano de un flujo migratorio intenso procedente de países hispanohablantes, especialmente de corrientes evangélicas y pentecostales muy activas en el proselitismo de calle.
Decir esto no es xenofobia. Es constatar un choque cultural concreto.
La integración no es automática ni gratuita: requiere tiempo, recursos y, sobre todo, poder hablar de estos roces sin que a uno lo lapiden por ello. Negar que existen es la mejor manera de que no se resuelvan.
Pero hay otra cara, y sería deshonesto ignorarla
La Semana Santa porteña llevaba años en muerte técnica: procesiones reducidas a la mínima expresión y relevo generacional inexistente.
Dicho esto, de un par de años a esta parte ha experimentado cierto repunte.
¿La razón? La llegada de familias hispanohablantes que traen consigo una religiosidad popular vivida con intensidad, con arraigo y con participación de base.
Lo que la desafección local estaba dejando morir, la llegada de este perfil de gente ha reavivado un patrimonio cultural que estaba en vías de convertirse en museo y que, de pronto, vuelve a tener pulso.
¿Retraso cultural o renovación?
Si por progreso entendemos secularización, la revitalización de la Semana Santa solo puede leerse como un retroceso.
Y en el caso del Puerto de Sagunto no es una hipótesis: es un hecho.
Este municipio había dejado atrás las procesiones. No por imposición, no por conflicto, sino por decisión propia, por desafección sostenida, por un alejamiento mayoritario e histórico de la religiosidad popular que se había convertido en seña de identidad local.
El Puerto había optado por otra cosa.
Las cofradías se vaciaron, los recorridos se acortaron, las procesiones dejaron de convocar. Eso no era abandono: era una elección colectiva, y como tal merece respeto.
El error de las lecturas simplistas es querer una respuesta única para un fenómeno complejo.
Quien dice «la inmigración degrada nuestra cultura» ignora que, sin esa inmigración, buena parte de nuestra cultura popular estaría directamente extinta.
Quien dice «toda aportación migratoria es enriquecedora sin matices» ignora que no todas las prácticas encajan en el espacio público tal y como lo entendemos.
