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Sagunto en fiestas: la luz, la sombra y el ruido que no deja escuchar al puebloEl comienzo de las celebraciones patronales en Sagunto vuelve a abrir el debate sobre el uso de dinero público, el sufrimiento animal y el papel de quienes pretenden hablar en nombre de toda la ciudadanía
Por Mariachu López Garrido
Nota de la redacción:
Este texto es una opinión remitida por una vecina de Sagunto Mariachu López Garrido para la sección Cuéntanos. EL PUERTO 46520 la publica por su interés y por abrir un debate presente en el municipio sobre las fiestas, el uso de dinero público y el papel de determinadas tradiciones en la convivencia ciudadana. La opinión expresada corresponde exclusivamente a su autora
Sagunto despierta cada verano con un temblor antiguo, como si la ciudad —piedra, mar y memoria— se sacudiera el polvo de los siglos para volver a representar un ritual que ya no todos reconocen como propio. Las fiestas patronales llegan envueltas en música, pólvora y calles llenas, pero también en una sombra que se alarga: la del animal convertido en espectáculo, la del sufrimiento convertido en tradición.
El animal en la plaza: un espejo que incomoda
En el corazón de las celebraciones, el toro —símbolo, cuerpo, presencia— aparece como un actor involuntario. Corre, embiste, resbala, se golpea. No entiende la fiesta, solo el miedo. Y ese miedo, repetido año tras año, se ha convertido en una grieta moral que atraviesa las dos poblaciones principales del municipio: primero Sagunto y luego El Puerto.
Sagunto, que sabe de historia y de dignidad, contempla cómo más de un cuarto de millón de euros se destinan a mantener vivas unas prácticas que muchos vecinos (y vecinas) ya solo pueden describir como barbarie. La palabra es dura, pero la realidad también lo es: la fiesta se sostiene sobre un sufrimiento que la ciudad empieza a mirar de frente.
El consistorio y la voz que no representa al pueblo
En medio de este paisaje festivo, hay una figura que insiste en ocupar el centro del escenario: el presidente de la federación de peñas. Su presencia es constante, su discurso inflamado, su afán de protagonismo tan ruidoso que a veces parece eclipsar incluso la propia fiesta.
Sagunto, sin embargo, es un municipio plural, sereno, acostumbrado a convivir con matices. Y por eso sorprende —y cansa— que una sola voz pretenda erigirse en portavoz de todos, que convierta la discrepancia en ofensa y la crítica en enemigo. Su retórica, más cercana a la confrontación que al diálogo, ha sembrado un malestar que ya no se oculta: la ciudad no quiere que la representen quienes buscan la polémica como si fuera un trofeo.
El consistorio, atrapado entre la tradición y la presión, camina sobre un hilo tenso. Pero la ciudadanía observa, pregunta, exige. Sagunto no es un decorado para egos ajenos.
El coste de la fiesta: dinero público, silencios privados
Cada euro invertido en estas celebraciones es un euro que no llega a bibliotecas, a programas juveniles, a cultura viva, a bienestar animal, a proyectos que podrían unir en lugar de dividir. La cifra, que entre gastos directos, indirectos y partidas enmascaradas puede superar fácilmente los 250.000 euros, pesa como una losa cuando se compara con las necesidades reales del municipio.
La pregunta flota en el aire, como una campana que nadie quiere tocar pero que todos escuchan:
¿Puede Sagunto seguir financiando una fiesta que hiere, que enfrenta y que ya no representa a todos?
Un futuro posible: fiestas que unan, no que desgarren
Sagunto merece unas fiestas que respiren luz, que convoquen a la comunidad, que celebren la vida sin necesidad de infligir dolor. El municipio tiene talento, creatividad, historia, mar, teatro, música, juventud. Tiene todo lo necesario para reinventarse sin perder su alma.
Quizá ha llegado el momento de que la ciudad se mire a sí misma con honestidad y decida qué quiere celebrar y cómo quiere hacerlo. Las fiestas pueden ser un puente o una herida. Sagunto, que siempre ha sabido elegir su camino, tiene ahora la oportunidad de construir unas celebraciones que unan en lugar de dividir, que emocionen sin dañar, que representen a todos y no solo a quienes gritan más fuerte.
Seamos valientes y digamos basta, todas a una como en Fuenteovejuna.
